
05 Oct Reflexión desde el Evangelio de Lucas 10, 25-37
- Rev. Carlos Ariel Acosta
- Sacerdote Diócesis de Quincy
- Iglesia Anglicana de Norteamérica
¿Quién es el prójimo?
El Evangelio de Lucas 10, 25-37 presenta una de las enseñanzas más profundas de Jesucristo sobre el amor al prójimo.
La parábola del buen samaritano no es solamente una enseñanza sobre la religión, sino una invitación a recuperar el sentido más profundo de nuestra humanidad: ser capaces de ver al otro, reconocer su dignidad y actuar frente a su necesidad.
Un hombre pregunta a Jesús qué debe hacer para alcanzar la vida eterna. Jesús lo conduce hacia el mandamiento del amor: amar a Dios y amar al prójimo como a uno mismo. Sin embargo, aquel hombre quiere precisar los límites de su obligación y pregunta: «¿Y quién es mi prójimo?».
Jesús responde con una historia que rompe todas las fronteras conocidas.
El herido del camino no es presentado por su religión, su ideología, su raza, su posición económica ni por su condición social; simplemente es un ser humano que necesita ayuda.
Y quien se detiene para auxiliarlo es precisamente un samaritano, perteneciente a un pueblo que mantenía profundas diferencias históricas y religiosas con los judíos, Jesús coloca al samaritano como ejemplo de misericordia, con ello nos enseña que la capacidad de amar y servir no pertenece exclusivamente a un grupo religioso: la compasión es una expresión de nuestra humanidad.
Antes que cualquier etiqueta, somos seres humanos.
Vivimos en una sociedad acostumbrada a clasificar a las personas, las identificamos por su religión, ideología, raza, nacionalidad, condición económica, profesión, orientación política, cultura o grupo social.
Con frecuencia, esas etiquetas terminan convirtiéndose en muros.
Podemos llegar a pensar que una persona merece más atención porque pertenece a nuestro grupo, comparte nuestras creencias o piensa como nosotros; también podemos caer en la indiferencia cuando quien sufre pertenece a un grupo que consideramos diferente.
El Evangelio nos presenta una perspectiva radicalmente distinta.
El hombre que estaba tirado en el camino no necesitaba que primero le preguntaran quién era; necesitaba que alguien lo ayudara.
Jesús parece decirnos que, cuando encontramos a una persona herida por la vida, la primera pregunta no debe ser: ¿quién es?, sino: ¿qué necesita de mí?
La dignidad humana precede a cualquier etiqueta.
¿pero que significado tiene ser samaritano en la perspectiva del servicio?
La parábola dice que un samaritano, al ver al hombre herido, «se compadeció de él».
Aquí encontramos una de las claves del Evangelio: el samaritano no solamente vio al hombre; lo reconoció como alguien digno de su compasión.
Otros habían pasado por el mismo camino, lo habían visto, pero ver no siempre significa mirar verdaderamente.
Podemos observar el sufrimiento de una persona y continuar nuestro camino, podemos conocer que alguien tiene hambre, está enfermo, se encuentra solo, ha perdido su trabajo o atraviesa una situación difícil, y aun así permanecer indiferentes.
El samaritano hace algo diferente: se acerca.
La verdadera humanidad comienza cuando dejamos de mirar el sufrimiento desde lejos y somos capaces de acercarnos.
Una religión que habla mucho de Dios, pero permanece indiferente ante el sufrimiento humano pierde el corazón de su mensaje.
Por eso, ayudar al necesitado no debería ser entendido solamente como una obligación religiosa. Es, ante todo, una expresión de humanidad.
El cristiano ayuda porque reconoce en el otro a una persona creada a imagen y semejanza de Dios. Pero esa dignidad no desaparece cuando la persona no comparte nuestra fe.
El prójimo sigue siendo prójimo, aunque piense diferente.
Desde la perspectiva cristiana, existe una razón todavía más profunda para acercarnos al otro: Cristo se identifica con el ser humano que sufre.
El rostro de Jesús puede encontrarse en el rostro del anciano abandonado, del niño que necesita protección, de la persona que no tiene hogar, del enfermo, del migrante, del trabajador humilde, de quien ha perdido todo, de quien piensa diferente a nosotros e incluso de aquel con quien tenemos profundas diferencias.
Esto no significa convertir a las personas en objetos de caridad. Significa reconocer que cada ser humano posee una dignidad que no depende de su utilidad, riqueza, religión o posición social.
- La compasión no exige uniformidad.
- Podemos pensar diferente y, al mismo tiempo, ayudarnos.
- Podemos pertenecer a diferentes religiones y respetarnos.
- Podemos tener diferentes culturas y reconocernos como hermanos.
- Podemos pertenecer a diferentes estratos sociales y comprender que ninguno posee una dignidad superior al otro.
Todos somos iguales ante la dignidad humana
“Entonces Pedro, abriendo la boca, dijo: En verdad comprendo que Dios no hace acepción de personas” (Hechos 10:34)
Desde la perspectiva cristiana, todos los seres humanos son criaturas de Dios. Ninguna persona vale más por tener dinero, poder, educación o prestigio.
Tampoco vale menos quien carece de esos privilegios.
El Evangelio nos recuerda que la dignidad no se compra, no se hereda y no se pierde por la condición social.
La persona que pertenece a nuestra comunidad tiene dignidad, y también aquella que permanece fuera de ella.
Esta igualdad fundamental no significa que todos tengamos las mismas circunstancias, capacidades o responsabilidades. Significa algo más profundo: todos merecemos ser tratados como seres humanos.
¿Quién es mi prójimo?
En conclusión, el prójimo no se define por su religión, su raza, su ideología, su condición económica o su pertenencia social.
El prójimo es el ser humano que encontramos en nuestro camino.
Y desde la perspectiva cristiana, ese ser humano posee una dignidad sagrada porque ha sido creado por Dios y porque Cristo mismo nos enseña a reconocerlo como hermano.
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